Hay ascensos que se festejan durante una jornada, pero que luego terminan pagándose durante años. Tucumán Central parece estar atravesando hoy esa parte de la historia que nadie imagina cuando celebra un campeonato.
Hace apenas unos meses, el “Rojo” de Villa Alem consiguió algo que durante más de un siglo había parecido imposible: fue campeón de la Liga Tucumana y, poco después, consiguió el ascenso al Federal A. Por primera vez en su historia llegó a la tercera categoría del fútbol argentino.
Tocó el cielo con las manos casi en un abrir y cerrar de ojos, pero ahora pelea para no caerse.
En medio de todo esto hay una explicación que excede a Tucumán Central y que el fútbol tucumano conoce muy bien. Una cosa es construir un equipo capaz de ascender y otra, muchísimo más difícil, es construir un club capaz de sostenerse en la categoría a la que llegó.
El ascenso fue legítimo y nadie puede quitarle eso. El equipo ganó en la cancha lo que tenía que ganar, pero detrás de aquella hazaña había un aporte económico extraordinario que permitió darle forma a un plantel competitivo. Ese respaldo económico desapareció pocas semanas antes del comienzo del Federal A y la participación del club llegó a estar en duda.
Sin embargo, Soledad González, su presidenta, decidió lanzarse al mar y desde entonces el club viene nadando como puede.
El Federal A no perdona las estructuras débiles. Hay viajes, concentraciones, cuerpos técnicos, jugadores, seguridad, infraestructura, estadios y una cantidad de gastos que multiplican varias veces el presupuesto de un club de barrio. La propia presidenta expuso meses atrás la enorme brecha económica entre Tucumán Central y muchos de sus rivales, y contó las dificultades que implica sostener la campaña con el esfuerzo de los socios y dirigentes.
El “Rojo” comenzó haciéndose fuerte en su casa, pero nunca pudo ganar de visitante. Además, tuvo que abandonar temporalmente su estadio porque no reunía las condiciones exigidas para la categoría. Y aunque pudo regresar, la lucha deportiva terminó convirtiéndose también en una lucha institucional.
Si logra salvarse, será una hazaña; si no lo consigue, será una pena. Pero, en cierto modo, el resultado deportivo será anecdótico frente a una pregunta mucho más importante: ¿qué posibilidades tiene el club de sostenerse en el Federal A la próxima temporada? Porque ese parece ser el verdadero problema.
En el fútbol argentino estamos demasiado acostumbrados a pensar que el éxito empieza y termina con el ascenso; como si llegar a una categoría superior fuera el punto final de una historia. Para muchos clubes del interior, en realidad, es apenas el comienzo de una historia mucho más complicada. Tucumán tiene ejemplos para entenderlo.
El fútbol tucumano ya conoce esta historia
San Jorge llegó a jugar una final por el ascenso a la B Nacional en 2019. Estuvo a minutos de conseguir algo enorme, pero aquella historia terminó de una manera insólita. Sus jugadores protagonizaron una sentada en Mar del Plata, en protesta por el arbitraje de Adrián Franklin, cuando enfrentaban a Alvarado. El Tribunal de Disciplina del Consejo Federal sancionó al club con la pérdida de la categoría; y después vino la decisión de San Jorge de no continuar participando en los torneos del Consejo Federal.
Marcelo Sáez, el hombre fuerte de aquella estructura, anunció que el club dejaría de competir en medio de fuertes cuestionamientos hacia la conducción del fútbol argentino. Así el “Expreso”, que poco antes había estado a un paso de la segunda categoría, desapareció del mapa nacional.
La Florida ofrece otro ejemplo, aunque con una historia diferente.
En 2003, el “Tricolor” protagonizó uno de los grandes batacazos del fútbol tucumano. Eliminó a San Martín en una final disputada en La Ciudadela y después consiguió el ascenso al Argentino A. Aquella campaña quedó en la memoria y permitió que un club de una localidad pequeña se instalara durante años en los torneos nacionales.
Fueron siete temporadas de competencia nacional; muchísimo para un club que había conseguido crecer desde una estructura mucho más pequeña que la de los grandes de la provincia.
Pero también fue una historia que terminó cuando dejaron de existir las condiciones que habían permitido sostener aquel crecimiento. Justo ahí aparece la enseñanza.
Los clubes pueden crecer de golpe, encontrar un empresario, una familia, un grupo de dirigentes, un sponsor o una persona dispuesta a poner dinero y cambiarles la historia. No hay nada malo en eso. De hecho, buena parte del fútbol argentino del interior se construyó gracias a personas que alguna vez decidieron apostar su dinero, su tiempo y hasta su patrimonio por un sueño.
El problema aparece cuando ese aporte construye solamente un plantel y no una estructura. Porque el dinero puede comprar jugadores, pero no compra, por sí sola, una institución. No construye inferiores, no garantiza socios, no genera ingresos genuinos, no levanta infraestructura, no crea dirigentes para el futuro, no asegura sponsors y no arma una estructura administrativa capaz de sobrevivir cuando aquel que puso el dinero decide dejar de hacerlo.
Un mecenas puede empujar a un club hasta una determinada categoría, pero sólo una estructura puede permitirle quedarse. Por eso la historia de Tucumán Central merece ser mirada con cuidado.
Un club puede crecer de la mano de un hombre, de una familia o de un empresario. Pero sólo puede perdurar cuando aprende a caminar por sus propios medios.